domingo, febrero 5

HISTORIA DE LO QUE HUBIERA SIDO (III)


CAPITULO III


No puedo hacer nada, nada. Soy un cobarde perfecto, te diría si pudiera hablar: te he visto pasar a través de mi cuerpo y no se me ocurrió sino nada, y si algo hubiera ocurrido, si algo, digo, se me habría ocurrido, lamento o convicción de la historia que hubiera sido, tendría que detenerme a ver qué pasó, si dije o no dije, si dije por qué y si no también, por qué dije lo que dije; estando yo frente a ella, finalmente, frente al mundo, que es ella, me quedé tieso y me atravesó. Creo, si pienso mejor, que no me vio: soy, además de cobarde, invisible. Debería haberla llamado por su nombre, que es lo más preciado que de ella tengo o me quedó, decirle, por ejemplo, hey, Scarlett, o tal vez simplemente hey; aunque, seguro, no iba a oírme, incluso si hubiera probado con el nombre completo y con el hey incluido, hey, Scarlett Johansson.

La historia de lo que hubiera sido, generosa siempre en imaginación y decidida a modificar destinos, cuenta, viendo que la derrota obliga a la memoria a repensar el pasado y, sobre todo, a cuestionar el presente, que del tiempo perdido se desprenden otros caminos, como éste, tan pedregoso e intransitable, pero camino al fin, por el que ando ya, nunca solo; ella es mi soledad.

“Charlotte”, digo, y ella, habiendo hecho de mi pecho una puerta y de mí su casa y oído mi convocatoria, se detiene y gira de manera tal que el punto exacto donde va a parar, inevitable, su mirada, es a mis ojos clavados, a su vez, en una especie de austera inmensidad. “Sí”, dice sorprendida, e interroga de inmediato: “cómo es que sabe mi nombre”. Digo: “no pregunte, por favor, sepa usted que sólo lo sé”. Dice: “dígame, entonces, para qué me ha convocado”. Digo: “no se me enoje; pero tampoco lo sé. Sólo sé que algo hubo en mí, adentro, que dijo: ‘Llámala’”. Dice: “me confunde usted, si no sabe qué quiere, cómo espera que lo sepa yo”. Digo: “no dije que usted lo fuera a saber, sólo digo que soy yo el que no lo sé”. Dice: “juega usted con las palabras”. Digo: “las palabras, en general, son las que juegan con nosotros”. Dice: “vaya, no me haga reír. Que las palabras nos usan no es una novedad: somos su secreto mejor guardado”. Digo: “cómo es eso, no entiendo; explíquese mejor”. Dice: “se lo explico, sí, con gusto, pero deje de tratarme de usted, que me obliga a hacerlo a mí también”. Digo: “Está bien, Charlotte, escucho. Aunque, aclaro, fuiste tú la que primero de usted me trató”.


Sé muy bien que quisieras saber, darías, pregunto, qué darías por saberlo, acaso tu identidad, han caído tus nombres ya, no recuerdas siquiera cuál es tu gracia, ni quién te la ha otorgado, qué cosa peor hay que no saber quién eres; cómo crees que te lo diré si mañana lo vas a olvidar. No te lo contaría porque se exilia de mí mi muerte, no te lo contaría porque no me quedarían caminos por andar, no te lo contaría porque no sabría cómo volverte a mirar, no te lo contaría porque me volvería loca; andaría, sin rumbo, por esa cosa a la que sueles llamar mundo, no te lo contaría porque, simplemente, no te quiero contar, no te lo contaría porque mi secreto está guardado en tu identidad.


Charlotte dice que somos el secreto mejor guardado de las palabras porque, en realidad, dice ella, en realidad, habiéndolas utilizado para decir tantas cosas, no dijimos nada que merezca la pena, en realidad. “Y eso qué quiere decir”, pregunto, y Charlotte, dando un paso hacia adelante, y otro, y otro más, hasta quedar a una distancia demasiado cerca para extraños, me miró con esa ternura de niño sin padre y dijo: “nunca vas a saberlo si no recoges tus nombres”.

LA MUJER MAS HERMOSA DEL MUNDO (II)


CAPÍTULO II

Ahora te quedas un poco solo, qué estoy diciendo, si te quedas, en realidad, solo. Acompañado por cierta impasible melancolía, en tu interior, resuenan voces que crees familiares, lo son, no lo son, preguntas; nadie hay a quien preguntar a igual preguntas, quiénes son los que por mí vienen, de dónde han salido estos que ya me llevan, voces hasta hace un momento, qué rápido han cambiado; hechas inviolables foráneas sensaciones que retoman truncados viajes que alguna vez, por miedo a la implacable figura del destino, no me atreví a finalizarlos; eso siento, que hacia algún lugar soy conducido, o simplemente voy y no sé adónde, que un lugar me espera y yo no lo sé buscar; no lo sé encontrar. Mira lo que hiciste de mí, seguro que estarás satisfecha.


Tengo inmóvil la memoria; no consigo olvidar ni dejar de pensar y de imaginar cómo su rostro se amolda a las insondables formas de un poderoso secreto que, no obstante, sostengo, debió ser tan simple. Tan lleno de tierna humanidad. Una danza cordial, nostálgica, remota, parece cada gesto, cada expresión, cada movimiento; vuelvo a la escena aún en mi mente, hundida está como una traición su filosa intensidad, me pregunto cuándo pasará y me dejo estar frente al televisor; la pantalla alumbra una liviana oscuridad mientras la vídeocasetera retrocede la cinta de la película, es nada más que una película, es sólo una actriz, pienso, una actriz, repite el pensamiento, que no se va, su imagen permanece perfecta, mírenla, ahí está, Charlotte no se va, Charlote se queda. Charlotte no se irá jamás.

Pero Charlotte no dice, el nombre Charlotte, nada. La interpretación de un personaje, la piel, el cascarón, la corteza, no tendría el fulgente color que tiene si no fuera por ella, la actriz, el alma, la carne, las entrañas, ella, quién es ella, pregunta el pensamiento, quién es ella, insiste; nunca vas a saberlo si no pones algo de ti para averiguar, qué haces todavía sentado, ve, levántate y anda a su busca, no tienes que hacer más que dos pasos, allí, dentro de la vídeocasetera está la valiosa información, en la portada del casette de la película, tú lo has visto pero no prestaste la suficiente atención; cuando hace algunas horas esa muchacha del videoclub te recomendó Perdidos en Tokio.

Haber conocido su nombre me ha sosegado, podría ir a dormir en paz que mañana es día de trabajo; el sueño me convoca y sin embargo sigo pensando, qué sensación es esta, de tórrido vacío e inquietante carencia, que me impulsa a seguir buscando; un nombre es sólo una puerta , a veces ni eso, que se abre y se cierra según el ánimo de quien la tenga en frente o de quién, más valiente, la haya atravesado, en mí está abrir ésta, qué encontrarás detrás, pregunta el pensamiento y también me pregunto yo, quién es Scarlett Johansson.


Podría haber sido un día de trabajo normal, que quiere decir que en la redacción había harto que hacer, al menos para mí, que tenía notas e informes que entregar y ni siquiera los había comenzado; por eso llegué temprano, casi dos horas antes de lo habitual; me senté frente a la computadora y empecé a redactar, basándome, como lo haría, por otra parte, cualquier periodista, en reportajes, testimonios y otras fuentes que había recogido y consultado, respectivamente, durante la semana pasada; hoy lunes se me vino todo encima.

No pude, sin embargo, alcanzar a terminar siquiera un artículo; sentí una fuerte opresión en el estómago; al principio fue un puntazo débil, pero pasados unos minutos el dolor persistió y se hizo insoportablemente más fuerte, tanto, que la vista se me nubló a tal punto que, queriendo, muy asustando como estaba por estos síntomas, incorporarme o levantarme, caí de la silla y desfallecí en el suelo y es eso lo último que recuerdo.

Me despertó el jefe de redacción. Sólo llegué a entender, de su boca, mi nombre y a reparar, salido recién del estupor del repentino decaimiento, porciones o momentos de su cara que denotaban, en efecto: preocupación. Cuando finalmente me recuperé, la molestia estomacal y el mareo, para entonces, desaparecieron, preguntó él qué me había ocurrido y se lo conté. Dijo que en “esas condiciones” no podía trabajar y sugirió que solicite turno con el médico y que vaya a casa a descansar.

Paulatina y fragmentariamente, al salir de la redacción a la calle y percatarme de que hacía frío y estaba el cielo encapotado de amorfas y grisáceas nubes, lo fui recordando todo, el sueño que anoche tuve, latente, cristalino, fluía, desembocando en la memoria como un río enfurecido; la impoluta imagen de esa mujer, Scarlett Johansson de nombre, según pude saber, un nombre solamente, es que nada más tengo, ojalá tuviera más; en el sueño, digo: bendito sea el nombre, bendito el nombre sea, bendito sea, bendito el nombre, parafraseando a un pintor mediocre y solitario,

me detengo a metros del diario, creo, no lo sé, quizá un poco más lejos, cuánto he caminado, cuánto ha caminado ella, que viene de irse, así, contradictorio, es partir de un lugar para ir hacia otro, lugar, dije, o persona, agrego, pues marchar no sólo indica haberse ido de una aldea, villa, barrio, pueblo, ciudad o distrito, o, mejor, resumiendo, zona geográfica determinada; también hay quienes de sí mismo se van para ir a morar en otros, nunca, advierto, yéndose del todo; la herida inicial de la palabra es también el lugar de donde somos, herida ésta que ahora tengo, en el sueño o lo que recuerdo de él quedó, abierto está mi pecho por una tijera cortado en dos porque ella me ha atravesado,

"...no me mira, me pregunté por qué y pronto lo sé, porque no me ve, viene a mí y no me ve, esto es una locura,
dónde estoy, en el sue´ño o en la vigilia, qué importa si ella no me ve..."


la escena es la misma, salgo de la redacción, doy unos cuantos pasos y la veo llegar, la ventieañera de Perdidos en Tokio aproximándose más, cada vez más, no me mira, me pregunto porqué y pronto lo sé, porque no me ve, viene a mí y no me ve, esto es una locura, dónde estoy, en el sueño o en la vigilia, qué importa si ella no me ve, extrañísimo pesar es éste, no la conozco, no sé quién es, la primera vez que en persona la veo, como se dice, y el esternón se me fractura, porque avanzando hacia mí ella no me ve, un lóbrego dolor se coagula en mi pecho, ya pasó a través de mí, no me ha matado, debería haberlo hecho. Todos mis nombres yacen en las profundidades del suelo.

QUÉ DIJO BOB A CHARLOTTE


CAÍTULO I

No acabó de subirse al taxi que su rostro entumeció, agitado como estaba, aunque no se le notara del todo, la conmoción interna, la oscura y siempre bulliciosa convulsión que precede a la despedida. Así estaba, ni cuenta se dio que el coche ya andaba, que volvía; quería irse y ahora que se está yendo su única preocupación es haberlo deseado con tanto ahínco, eso le hace parecer que el tiempo pasó más rápido y se pone un poco triste; sus ojos la exponen, a la tristeza, que es, en la soledad y el silencio profundos, la única salida al mundo que le conocemos.
Nada más hay por hacer, eso parece al menos, y de hecho estoy seguro que lo pensó, cuando, después de bajar la ventanilla, clavó su mirada entre la gente, fue un momento nada más, qué digo, un instante, que fue el tiempo que necesitó para distinguirla. “Deténgase, deténgase -le dijo al chofer-. Aguarde un momento”, y se bajó.
Ella caminaba, de espalda al mundo, que era él; pero al mundo no se le vuelve la espalda con tanta ligereza, porque, yéndote tú, te alcanza y te toca y otra vez hacia él te vuelve, fíjense si no, cómo Charlotte ha quedado ante este impensado regreso, le tiembla el cuerpo todo, que está nuevamente frente al suyo, el de Bob, que la mira profusamente, aunque no le hace falta, de memoria lo conoce; hay rostros que no puedes olvidar y el de esta bellísima muchacha neoyorquina es uno, si no, ahora, el único; será por eso que hacía sí la trae y la abraza, es lo que se hace cuando se ha aprendido a querer a alguien, bien podría ella amoldarse a la forma de su pecho, o viceversa, por qué no, a su flaqueza, a su soledad, a su miseria, que a ésa no la conocemos, y, también, a su esperanza. O felicidad, que es, quizá, la explosión contenida que vendrá, la sangre que arriba querrá estallar, después, porque ahora, si ponemos atención, su mano izquierda sube hasta su nuca y acaricia sus rubios cabellos; siente ella este afecto; lo sé porque su cara descansa sobre su hombro, serena e impasible, empero, vulnerable; sus pupilas parecen dilatarse, espera su sollozo un parpadeo, que viene, sí, parpadea, llora, abre y cierra los ojos y llora; asiente y dice que está bien.
Es que Bob le ha dicho algo al oído, no sabemos qué, nunca lo sabremos; podemos, sin embargo, suponer que lo que ha dicho, impulsado como se ha visto por las misteriosas convicciones del corazón, infalibles en la influencia de decisiones trascendentales, podría cambiar la manera de ver las cosas, y reconozco que cosa es una palabra que designa y aun contiene a muchas otras, valga la redundancia, cosas, si supiéramos, claro, cómo estos personajes seguirán adelante con sus vidas, quiénes son a partir de ahora y quiénes después, repito: nunca lo sabremos; qué fue lo que dijo o confesó, así, tan cerca de su oído, demasiado cerca, susurrándole; fueron sólo unas pocas palabras, segundos ocupó en decirlas, qué daría yo por saberlo, qué darías tú, la incertidumbre raja la inmovilidad, otra vez, vuelvo hacia atrás la cinta, una, dos, tres, cuatro veces, he perdido la cuenta ya, no hay caso, la misma escena, el mismo murmullo; puede entenderse, como mucho, si es que se pone toda la atención auditiva posible, que pregunta: “¿está bien?”, y ella abre y cierra los ojos, asiente y dice que está bien.
Todo, pues, ha sido dicho; y nunca hubiéramos imaginado que todo fuera tan poco. Inútil sería llevar a cabo la labor de dilucidar qué dijo Bob a Charlotte, no porque no se pueda, si es que en el intento no enloquecemos; sucede, más bien, que en la intimidad mora la seducción, o en el secreto para el que así lo prefiera; la minúscula felicidad puesta en evidencia por la luminosidad que de sus rostros sale alienta a la introspección de estos personajes, por antonomasia impenetrable y justamente por eso demasiado real; el interminable beso que ahora le da, no era para menos, si es esta, si se quiere, una segunda despedida, momento clave e inolvidable para la vida de ambos, y yo, qué descaro, qué egoísmo, queriendo saber qué le dijo Bob a Charlotte; construyo posibles frases en la mente que nadie conocerá, procuro convencerme de que no es necesario revelar el tal misterio, que de nada sirve, de nada sirve, digo, mientras él le dice adiós, sin más, y ella adiós dice, por última vez mirándolo irse; camina Bob hacia atrás como si no quisiera irse, aunque sonríe, ella también, conmovida, esboza una devastadora media sonrisa que arrolla sigilosamente el trajinar de la gran ciudad japonesa; quizá no sea para tanto, excúsenme, mas, qué final es éste, irremediable partida se avecina una nueva esperanza.