HISTORIA DE LO QUE HUBIERA SIDO (III)

No puedo hacer nada, nada. Soy un cobarde perfecto, te diría si pudiera hablar: te he visto pasar a través de mi cuerpo y no se me ocurrió sino nada, y si algo hubiera ocurrido, si algo, digo, se me habría ocurrido, lamento o convicción de la historia que hubiera sido, tendría que detenerme a ver qué pasó, si dije o no dije, si dije por qué y si no también, por qué dije lo que dije; estando yo frente a ella, finalmente, frente al mundo, que es ella, me quedé tieso y me atravesó. Creo, si pienso mejor, que no me vio: soy, además de cobarde, invisible. Debería haberla llamado por su nombre, que es lo más preciado que de ella tengo o me quedó, decirle, por ejemplo, hey, Scarlett, o tal vez simplemente hey; aunque, seguro, no iba a oírme, incluso si hubiera probado con el nombre completo y con el hey incluido, hey, Scarlett Johansson.
La historia de lo que hubiera sido, generosa siempre en imaginación y decidida a modificar destinos, cuenta, viendo que la derrota obliga a la memoria a repensar el pasado y, sobre todo, a cuestionar el presente, que del tiempo perdido se desprenden otros caminos, como éste, tan pedregoso e intransitable, pero camino al fin, por el que ando ya, nunca solo; ella es mi soledad.
“Charlotte”, digo, y ella, habiendo hecho de mi pecho una puerta y de mí su casa y oído mi convocatoria, se detiene y gira de manera tal que el punto exacto donde va a parar, inevitable, su mirada, es a mis ojos clavados, a su vez, en una especie de austera inmensidad. “Sí”, dice sorprendida, e interroga de inmediato: “cómo es que sabe mi nombre”. Digo: “no pregunte, por favor, sepa usted que sólo lo sé”. Dice: “dígame, entonces, para qué me ha convocado”. Digo: “no se me enoje; pero tampoco lo sé. Sólo sé que algo hubo en mí, adentro, que dijo: ‘Llámala’”. Dice: “me confunde usted, si no sabe qué quiere, cómo espera que lo sepa yo”. Digo: “no dije que usted lo fuera a saber, sólo digo que soy yo el que no lo sé”. Dice: “juega usted con las palabras”. Digo: “las palabras, en general, son las que juegan con nosotros”. Dice: “vaya, no me haga reír. Que las palabras nos usan no es una novedad: somos su secreto mejor guardado”. Digo: “cómo es eso, no entiendo; explíquese mejor”. Dice: “se lo explico, sí, con gusto, pero deje de tratarme de usted, que me obliga a hacerlo a mí también”. Digo: “Está bien, Charlotte, escucho. Aunque, aclaro, fuiste tú la que primero de usted me trató”.
Sé muy bien que quisieras saber, darías, pregunto, qué darías por saberlo, acaso tu identidad, han caído tus nombres ya, no recuerdas siquiera cuál es tu gracia, ni quién te la ha otorgado, qué cosa peor hay que no saber quién eres; cómo crees que te lo diré si mañana lo vas a olvidar. No te lo contaría porque se exilia de mí mi muerte, no te lo contaría porque no me quedarían caminos por andar, no te lo contaría porque no sabría cómo volverte a mirar, no te lo contaría porque me volvería loca; andaría, sin rumbo, por esa cosa a la que sueles llamar mundo, no te lo contaría porque, simplemente, no te quiero contar, no te lo contaría porque mi secreto está guardado en tu identidad.
Charlotte dice que somos el secreto mejor guardado de las palabras porque, en realidad, dice ella, en realidad, habiéndolas utilizado para decir tantas cosas, no dijimos nada que merezca la pena, en realidad. “Y eso qué quiere decir”, pregunto, y Charlotte, dando un paso hacia adelante, y otro, y otro más, hasta quedar a una distancia demasiado cerca para extraños, me miró con esa ternura de niño sin padre y dijo: “nunca vas a saberlo si no recoges tus nombres”.


